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Recovering the satellites…

La tarde que murió Steve Jobs

Por Pedro Marín Meléndez

Para: Marycarmen, ¡feliz cumpleaños!
Ccp: Araceli, phD.
Cco: Paul, gran amigo de mi vida en el mar.

«Tienen que encontrar eso que aman»
Steve Jobs

La última vez que hablaron fue la tarde que murió Steve Jobs. Compartirían esa tristeza irremediable cuando muere alguien faraway… so close. Para ellos Jobs era tan desconocido que sabían todo de él a la perfección. Si querías pensar diferente, ahí estaba su mirada cautivadora. Si querías cambiar algo, una vez más, se aparecía. Al hacer una presentación de diapositivas, parecía como si algo te obligaba a usar el Keynote. Incluso al pensar en Microsoft, de nuevo Jobs asomaba las narices.
Pero no hablaron. Si acaso intercambiaron un par de palabras de recuerdo al creador de Apple y fundador de Pixar. El cáncer, aún en la variante que le tocó a Jobs en la rueda de la fortuna que es la vida, se reinventó, y ganó la batalla cínica, clínica. Como lo había dicho Jobs en aquel épico discurso en Stanford —sin duda un best seller en YouTube y un embotellamiento virtual esa tarde—, compartían el destino final de la muerte. No deberían vivir la vida de otros siendo la vida tan corta y preciada. Así debía, debiera ser.
No necesitaban hablar más. La soledad que aquejaba el atardecer y la luna asomada la noche de la muerte del más grande keynoter en la era mac + ipod + ipad en sus reinvenciones más novedosas, eran compartidas por miles de followers e igual de tantos fans del fb.
Seguro compartían los gadgets cortesía de Jobs. Compartían también, junto con la muerte, el diseño. No comprendían el mundo del diseñador sin la motivación visual de la cotidianidad misma. Vertida a veces en la mirada cosmopolita de las grandes ciudades, acaso también en los azules resplandores de la playa, en los coloridos pequeños momentos de los pueblos y los ocres atardeceres del df.
—  —
Accedí a mis memorias de la adolescencia, cuando platicábamos por la tarde en la farmacia de tu familia y compartíamos visiones de lo que sería nuestra vida profesional, el futuro que es nuestro presente pues. Y en esas tertulias recuerdo hablar de “proyectos” entre los planes de estudiar diseño y de hacer un buen restaurant muy gourmet y muy cool. Lo más cercano que he estado al menos yo en el tema gastronómico es cuando colaboré en la edición de Bienmesabe —el registro en video aún puede verse online en: http://vimeo.com/14397157. Como una vez escribiste: “ya desde chicos proyectábamos”. Recién había sido tu cumpleaños y te prometí una historia.
Pero no esta historia. No quería entonces ni ahora, que acabara en una tarde con la muerte de Steve Jobs.
Y tampoco “mi historia”. Ni la que versa sobre mi incursión en el diseño ni la de amor.
Se tornarían largas y aburridas. Como Windows.
Prefería contar “tu historia” desde “mi diseño” cuasi literario, digamos que desde mi MacBook plata que sigue dando guerra, y como dice mi amigo Lord, no paso ni un día sin siquiera tocarla. Sería más breve y un mejor regalo también. Palabra de Pages.
Recordé uno de tus cumpleaños. Recuerdos vagos de septiembre en la post-niñez. Tengo tres grandes categorías nemotécnicas contigo que en efecto resuenan en mis sueños de ordenador. Uno es colectivo, grato, vivaz. La memoria de aquellas tardes de la farmacia cuando uno visiona de joven el mundo, la vida, el amor, everything… again.
El segundo se relaciona con aquella tarde de 14 de febrero de 1994. Fue un lunes, pero no “san lunes” sino San Valentín: Día del amor y la amistad. Alemania se retiraba de Somalia. Yo le regalaba a mi novia un dije en forma de corazón, de tres oros, partido en dos, mitad para cada cual, brillantes medias naranjas grabadas en otredad con nuestras iniciales. Hezbolá pedía a los palestinos la muerte de Arafat. Mis iniciales en su corazón, las suyas en el mío. El Zaragoza arrastraba al Barça en la primera de España mientras el Madrid vitoreaba su triunfo reciente. Yo que cortaba a mi novia…
Aprendí dos cosas —gracias por recibirme—, en esa bizarra tarde del 94, que los celos no llevan a nada bueno y que no se regala el corazón —aunque sea partío— un 14 de febrero y luego lo re-partes y la cortas, porque tarde o temprano te la parten. Pero ella no lo hizo, era demasiado buena, aunque seguro me odió —con razón— algún tiempo después. La historia de amor sanó y semanas más tarde —gracias por escucharme y no juzgarme… tanto— regresamos y la pasamos mejor, hasta que la pasó de verdad mejor con alguien idem. Pero seguimos siendo amigos toda su vida y aún conservo ese corazón roto en alguna parte.
El tercer episodio del memorial de la historia de regalo de cumpleaños fue non grato de mi parte —gracias también por no comprenderme y ojalá sí por juzgarme—, eran tiempos difíciles en la universidad, la red de Telcel se caía y entonces se podía hablar free charge de larga distancia. Te llamé, te caí en la capital, demasiado café en la Casa de los Azulejos, la beca universitaria no ingresada en la cuenta bancaria, los azulitos y las chelas de la barra libre, la confusión de la adolescencia mixed by youth, la borrachera con el novio de tu prima, la parada obligatoria en el túnel de madrugada, mi comportamiento extraño, mi primo que se había ido a Tuxpan, mi noche rarísima afuera de su casa, el frío que no dejaba asomar al sol, el insomnio, el hombre que camina al alba, el poco dinero y la nula posibilidad de depósitos bancarios los domingos, la ciudad de la esperanza a pie, crudo y resfriado, uno de mis mejores momentos —Pero no lo vuelvo a hacer. En los caudales llamados External Hard Drive Part II debo tener el detalle de esa velada que te causó extrañeza porque siempre habíamos sido amigos. Antes de que Correoweb caducara, logré copiar ese intercambio de mails donde me dijiste que andaba muy raro, extraño. Y sí que era “extraño” entonces, tanto, que tiempo después de esos sucesos pude encontrar con un vestido y una flor a quien me bautizó con ese homónimo, La Morena. Me llamó: El Extraño.
Aunque también tengo que decir que hay episodios intermedios, precuelas, muy chidas de cuando te fuiste a estudiar el high school a los staits, y te contaba por lada cómo me salía casi la barba de candado —si valiera la pena te diría lo mismo quince años después— y volví a hablar con tu roomie que había sido mi vecina de la infancia y su hermano mayor mi amiguísimo y protector de la colonia entera, y veíamos las caricaturas y jugábamos en su casa… tú y yo compartíamos lanzamientos musicales entre el grounge, el garage y la onda alternativa, y los Crash Test Dummies entonando su inolvidable Mmm Mmm Mmm Mmm…
La nueva era trae recuerdos vivos que continúan escribiéndose. Sería apenas un par de meses que me enteré que tú y él, uno de mis grandes amigos de la playa, estaban juntos. Después de casi veinte años de saber que le gustabas, que él estuvo, estaba, estará enamorado de ti, caí en la tentación. De pensar, de recordar, de envidiar, de añorar, de escribir…
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El viaje a Veracruz había sido complejo. El síndrome postparto, los pleitos constantes, la pérdida de la confianza, el bebé tan pequeño… todo lo habría sobrellevado de no ser por la parada técnica en Xalapa. Él quería ver a su prima querida, la doctora en botánica, la expertísima en chiles de todo el mundo, a nivel molecular y cultura, su mentora de la infancia. Y protagonista de una de las historias de amor, según la historia de él, que no sabía, tonto. No, idealista. La vida puede ser más trompicada de lo que parece. Así que un viaje al Acuario con intermedio xalapeño se postraba como un interludio para amar. Cuando se enteró que su prima se había separado se le partió el alma. Él que sus ojos de niño y adolescente habían construido desde esa casa con la colección de la Biblioteca Científica Salvat, de la que ella le regalara aquel tomo que fungió como biblia, en la primaria: “La verdadera historia de los dinosaurios” de Alan Charig, disponible en Amazon por cuatro dólares. No por nada le decían “Dino”. Cuando regresa a su casa de la playa sigue siendo su único mote. Like.
Historias de biología: Entre el chocolate y los chiles de América. Historias a nivel molecular o “el amor es pura química”, como solía afirmar su grand master Issac Asimov. De todas formas hay quienes creen que el amor es la más realista ciencia ficción. Ella se lo dijo así sin lágrimas ni más explicación, a chile pelón, como se dice en Veracruz. Mientras le pedía cargar al bebé, él no pudo dejar de volver a juntar las piezas de rompecabezas neuronal, hacia atrás en el tiempo, desde la vida universitaria de ella, con él, con quien había sido su pinche, su partner, su marido, en la casa de Úrsulo Galván, en Xalapa. No se escaparon tampoco las tardes de taxidermias y los recorridos a la Facultad de Biología de la uv, las noches de café donde él tocaba el piano, la boda en Tuxpan, cuando ella salía del Ford Topaz azul cielo y la foto conmemorativa que tal vez ya no siga dando luz en la sala de sus padres.
Más tarde, en su etapa de casados, él los visitó varias veces, en su casa de Xalapeños Ilustres, donde tenían hongos, en la casa siguiente, donde cocinaban deliciosos, otros hongos. Se le escapó una sonrisa en sus adentros, cuando hiló el tema fungi y cómo le hubiera gustado comer junto con ellos entonces, otra clase de hongos. Recordó con nuevas sonrisas la casa-cabaña de Coatepec, las crisis de asma que sufrió allá, las noches de Benny Ibarra con su esposo en el piano y Lila, su vecina, en la voz. “Sin ti”. La plaza comercial y los lecheros que tomaron, alguna vez, los cuatro juntos. Aquella noche en la que se quedó con todas las ganas del mundo de haber besado a Lila. No sería la única vez que se quedara con las ganas, sería parte de las enseñanzas de Doña Vida.
Al bebé le gustó ser cargado y abrazado por su tía, mientras ella y su novia platicaban sobre el periodo postparto, él hacía como que ponía atención pero no estaba ahí. En realidad ya se había movido a la edad cuando sus primos vivieron, para estudiar su doctorado, en Riverside, University of California y recordaba la colección de García Márquez en el sótano de la casa de Tuxpan. Y los regresos vacacionales y las invitaciones a las que nunca acudió mientras crecía en su ciudad adoptiva. Corte a la casa nueva en Xalapa, cuando regresaron a México y corte final a la crónica de una separación anunciada… Puro realismo mágico.
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Los viajes son ilustrativos. Enseñanzas de vida pues. De historias de amor y desamor. Recuerdo esa tarde en Xalapa cuando mi prima me compartía que ya fue, que se había acabado el amor, que había sido un cabrón, que lo había mandado a la chingada. Mi marco amoroso, como los hay teóricos y referenciales, se tambaleó. Yo comenzaba a aprender la vida de-a-deveras cuando nació mi hijo. Y en medio del postparto y las broncas de pareja me llegaba esa noticia, con el más grande heraldo negro de Vallejo que mataba la ilusión del amor para siempre, ese de los cuentos de hadas.
La historia de mi prima con mi primo, con su esposo, su ex esposo, había sido para mi una historia de amor a la googol potencia. No crean que escribí mal Google, el gúgol es un número que se representa así: 1.0 × 10100. O lo que es lo mismo: Un chingo de amor. Amor de estudiantes en la universidad, amor de salidas a escondidas, prohibición aparente de mis tíos, amor de estudios de posgrado juntos, el amor después del amor, un vestido y una flor, los mixomicetes, los quirópteros, las acacias, la domesticación del chile, el estudio molecular del chocolate, el vocho y el Pointer con la calcomanía del velociraptor… y los juguetes de Steve Jobs: las mac, los ipods, las ipad
Más tarde yo también se separé. Luego lo intentamos de nuevo. Y de nuevo… nos separamos. La historia de amor acabó. Ella se quedó al bebé entresemana y yo los weekends. Pero por supuesto, yo me quedé con la mac. Nos repartimos los otros toys: ella el iphone 4, yo el 3gs… el bebé el ipod Classic. Ahora escribimos otra historia de amor, diferente, con nuestro hijo.
Ahora puedo escribir su historia, la historia prometida como regalo de cumpleaños, a tan poco tiempo de saber, vía electrónica, que ella y él estaban juntos. Si la historia de amor y desamor de mis doctores primos me había derrumbado cuando yo vivía la propia, esta noticia me volvía a inyectar de la necesidad de escribir.
Ellos escribirán su historia, lo hacen ahora, juntos, felices, mis grandes amigos de la adolescencia. Mi prima también lo hace, con mucho chile y química, con un investigador, juntos, con los juguetes de Jobs.
“El amor después del amor… nadie puede y nadie debe vivir sin amor…” Fito Páez dixit. La llave, la pluma, es el amor. El medio, tecnológico, es cortesía de Jobs.
Macbook, 5 de octubre de 2011, la tarde que murió Steve Jobs.

«Ya estás desnudo, no hay razón
para que no sigas tu corazón...
Tu tiempo es limitado,
no lo desperdicies»
Steve Jobs

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